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Relatos Ci-Fi, Fantasía y Terror.

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Este relato surgió de mi necesidad de redimir a Olga y el intento de presentarlo a una antología de fantasmas. Espero que os guste.

LA VISION DE OLGA

En vacaciones solíamos pasar el día con el bañador como armadura, viviendo aventuras encima de nuestros corceles metálicos birueda y conquistando campos de olivos a otras pandillas del pueblo.

Hacía unos meses que el campamento rom se había asentado en las afueras, para montar las atracciones de las fiestas, (casetas de ilusionistas, la casa del miedo, los espejos mágicos, brujas zíngaras, remedios para todos los males…)

Algunos de los jóvenes rom solicitaban trabajos de verano en el pueblo. Mi padre, por ejemplo, había contratado  a unos primos de Olga para hacer algunas reparaciones en el tejado de casa.

Yo pasaba el día entero con ella. Olga tenía una visión del mundo muy diferente a todo lo que yo había conocido.  No era solo por su ojo de cristal, sino por los cuentos e historias que contaba acerca del pasado de su raza y sus tradiciones, tan distintas a las nuestras.

Olga era la mejor contando historias, sabía muchas, gracias a sus poderes. Ella podía ver y hablar con sus ancestros. Estos podían explicarle los hechos, sin que el paso de los siglos envejezca o pierda las verdaderas palabras. Los acontecimientos exactos, tal y como los vivieron sus protagonistas. Olga decía que no todos los rom tenían los mismos poderes, algunos tenían podían espectrar tras su muerte y otros ver espectros en vida, las mujeres de su familia tenían este segundo don, se heredaba.

Mi historia favorita era como su raza había venido hace miles de años a través del espacio desde la “Estrella de los Gitanos”. Su raza siempre viaja junta, como una gran familia. Sufrieron una avería en sus naves cerca de la Tierra y como nuestro planeta no tenía tecnología suficiente, no han podido regresar a su planeta. Pero confían en los gajes, así nos llaman, en que evolucionemos y podamos adquirir la tecnología necesaria para que algún día vuelvan a su amada estrella.

En mi pandilla opinaban que eran todo patrañas. Que ni los rom eran los mejores navegantes galácticos, venidos a la Tierra en tiempos inmemoriales y que mucho menos podían espectrar después de muertos. Ni que decir de hablar con sus familiares presentes.  Mis amigos decían que los rom, eran unos mentirosos,  unos farsantes, que era imposible que vieran fantasmas ni tuvieran poderes, que se inventaban todas las historias solo para conseguir dinero.

A mí no me importaba. La mayor parte del tiempo creía que era cierto. El resto del tiempo pensaba que sus historias me parecían geniales e igualmente merecían esas propinas. Cuando estábamos a solas, le pedía a Olga que me contara alguna historia más. Deseaba con todas mis fuerzas ser una rom y poder vivir esas aventuras o tener esos poderes. Me gustaba como ese ojo cambiaba de tonalidad de verde a amarillo, en ese momento la aventura empezaba. Olga susurraba un nuevo episodio.

En teoría, Olga no podía contarnos algunas de esas historias. Pues era el pasado sagrado de los rom. Su abuela, la anciana venerada por todo el campamento, la castigaría severamente si se enterase. Su especie se había esforzado por insertarse en la humanidad, como una raza más.

Una tarde a finales de agosto, mi pandilla perdió la batalla del campo norte, nos habían destrozado el plan, adelantándose a todos y cada uno de nuestros movimientos. Anularon nuestras preparadas estrategias de ataque. Era como si supieran exactamente donde nos escondíamos y por dónde íbamos a acercarnos. No habíamos perdido la batalla contra nuestros enemigos de la ladera, sino contra los chicos rom. La pandilla liderada por el hermano de Olga. Según decían, el que más poderes tenía de todos y al que jamás habíamos visto. Uno de mis amigos decía que era una estrategia de militar habitual, si no lo veíamos podría infundir más temor y acrecentar su leyenda.

Cuando volvimos a nuestro campo base, mis amigos estaban enfadados y tacharon a los chicos rom de usurpadores. Según ellos, no tenían derecho a estar en el pueblo de prestado y mucho menos a intentar quedarse con un trozo de él y volvieron con sus argumentos en contra de la familia de Olga. Ella, que siempre venía conmigo, se puso muy triste al oír eso.

Una de las chicas culpó a Olga de espía. Lo más probable era que hubiera contado a su hermano nuestro plan de asalto, aseguró. Yo intenté exculparla, pues el plan lo habíamos ideado  esa mañana y Olga no había vuelto a su campamento desde entonces. No quisieron oírme, ya habían emitido veredicto.

Allí estaban, mis amigos de siempre a un lado y ella al otro.  Dijeron cosas horribles sobre ella y su familia. Olga rompió a llorar y decir que ella no mentía y que ellos eran unos cortos de miras sin poderes.

Nuestro líder me obligó a decidir en ese momento,  alegando que cuando el campamento se fuera al finalizar el verano, me quedaría sola si ahora me iba con Olga. Ella no decía nada, solo miraba al suelo. Aun sabiendo que estaba mal y con el corazón hecho un nudo, me fui con mi pandilla y dejé a Olga en el barro.

Cuando volví la vista atrás, la vi hablar sola y me pareció que su ojo era amarillo en ese momento.

 

—Si tanto te importa. ¿Por qué no le has mentido? Que no ves fantasmas, que eres pequeña y fantasiosa, que quieres ser su amiga —dijo el chico protegiendo a su hermana camino al asentamiento nómada.

—No se habría quedado conmigo de todas formas. O eres gaje o eres rom. ¡Oh hermano! — susurró entre sollozos  Olga, sorbiendo los mocos  contra la camiseta de su hermano

— Dentro de pocas lunas la abuela marchará conmigo. Ya sabes lo que eso significa y deberás tomar una decisión. Su don debe heredarse.

—Siempre tienes una solución. Habrías sido un gran rey de los rom. Pero no deberías haber espiado los planes de los gajes para asaltar ese campo de olivos. —Sonriendo entre lágrimas.

—Fue muy divertido, no pude evitarlo. —  Se excusó encogiéndose de hombros.

 

Los siguientes días me sentía muy mal, cuán grande es el peso de la culpabilidad. No me apetecía ir con nadie. Apenas salía de mi habitación.

Una semana después, al atardecer, paseaba por la terraza muy triste y arrepentida, echándola de menos. En la esquina de la calle vi los reflejos de la luz, uno en el trozo de espejo en manos de Olga, otro en su verde ojo.  El corazón me dio un vuelco.  ¿Me daría una oportunidad?

Bajé a toda prisa a la esquina.  Ya no estaba allí. Los reflejos me condujeron a su campamento.  Hasta una de las caravanas iniciales, al entrar en ella me asaltaron. Eran  cuatro chicos rom, los reconocí del día de la batalla.

Olga estaba al fondo, con la mirada concentrada y sin mediar palabra. Estaba muy seria. Me ataron a la una silla en el centro el carromato.

—Has hecho sufrir mucho a uno de los nuestros. Olga ha confiado en ti. Y todo por vuestra civilización estrecha de miras que rechaza lo que no puede entender – dijo unos de los chicos con mucho resentimiento.

Intenté explicar que había sido un tremendo error, una mala decisión. Me disculpé, supliqué  e imploré  a ellos y a Olga. Ella no parecía oírme ni mirarme y los demás, ya habían emitido veredicto.

Me hicieron tragar un brebaje tapándome la nariz,  pastoso y grumoso con un sabor a rayos. Las arcadas hicieron que me doliera la garganta. No me dieron opción, al igual que mi pandilla no se la dio a Olga.  Las lágrimas me invadieron, así debió sentirse mi amiga con mi traición. Me sentí un monstruo. Me sentía trastornada y mareada.

—Ahora entenderás y sentirás lo que es ser uno de los nuestros.  Es la única forma. — El chico hizo una señal a Olga cuando verificó la estabilidad de los nudos.

Por un instante me pareció que Olga reaccionaba, su ojo se volvió amarillo. Cogió una cuchara redondeada y se acercó a mí. Miró al vacío fondo del carromato, como si esperara permiso, creo que la vi asentir.

Olga, con el ceño fruncido, metió la cuchara en la cuenca de mi ojo, lentamente pero con fuerza. Notaba la presión pero no dolor. Como cuando vas al dentista.

Me intenté zafar de ellos, estaba aterrada y aturdida al mismo tiempo. Grité sin voz. Sus compinches me sujetaron. Sentí el rostro mojado y luego mi camiseta se empapó. Giró en seco su muñeca delante de mi nariz.  Había conseguido sacarlo.

Entonces fue cuando sacó un segundo ojo de cristal idéntico al suyo y lo colocó en la cuenca vacía de mi rostro.  Mi  nuevo ojo se volvió amarillo. Entonces deje de mirar y comencé a ver.

 

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