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Relatos Ci-Fi, Fantasía y Terror.

 

Relato finalista del X Certamen Circulo Lovecraft ( J-Horror). Escrito con una idea que llevaba macerando desde mi viaje a Japón.

100 Yenes

Está siendo realmente duro adaptarse a vivir en Tokyo.  La euforia, orgullo y ambición de los primeros días se ha vuelto ansiedad, nervios y miedos. Obviamente, no quiero preocupar a mis amigos y familia.

Hace cuatro meses, tras varias llamadas y pruebas técnicas por Skype, acepté la oferta de una reclutadora de la compañía SEGA. ¿Qué programador senior, en su sano juicio, hubiera dicho que no? Un proyecto ambicioso, una montaña rusa con dispositivos físicos para jugar un videojuego a la vez que vives la atracción.  Trescientos sesenta grados de nuevas posibilidades se abrieron en mi mundo.

La reclutadora, Midori, me ayudó mucho en los primeros días . Me facilitó el contacto de una vivienda amueblada de casi treinta metros,  en el piso tres B de un edificio relativamente cercano al parque SEGA Joypolis, donde voy cada día a trabajar. Digo relativamente, pues las distancias en Tokyo se miden con otra escala. Me aconsejó cómo redactar mi carta de presentación y afrontar la última entrevista técnica presencial con el jefe de proyecto. Así fue como me evaluaron y designaron a mi puesto definitivo. Esa primera mañana no me dejó solo,  estuvo conmigo en la cafetería del parque explicándome los entresijos del proyecto.  También  me me presento a mis compañeros, los cuales ahora son mis amigos. Un salto abismal en mi carrera, cuando recibí su contacto, estaba programando apps para pymes en Bilbao.

Twitter @AAndres 2 de diciembre de 2013 11:00: Adivinad, ¿Quién se queda a currar en Sega -Tokyo?  (16 retweets, 36 likes)

¿Soy feliz? ¿Disfruto o saboreo mi éxito? No. Estoy obsesionado con un puto billete de cien yenes. A quien se lo cuente pensará que estoy loco, pero los hechos son los hechos.

Haruo, es mi compañero de mesa, un crack del diseño gráfico, nos compenetramos perfectamente y la persona con quien más hablo desde que llegué. No todos en la compañía hablan inglés. Pero quien soy yo para quejarme, mi japonés progresa a  velocidad negativa, según dice su hija de 15 años.  Haruo, me ha acogido en su familia como uno más desde el primer día. Su apoyo es muy importante para mí y más en estos momentos.

Twitter @AAndres 11 de febrero 2014 18:00 : Haruo es un genial anfitrión, la fiesta de la fundación nacional de Japón ha sido increíble. Gracias por explicar todo a este gaijin ;)) ( 0 retweets, 28 likes)

Hace un mes y medio aproximadamente que empecé a notar el problema  y es posible que no recuerde todos los detalles. Mi memoria es eidética selectiva, recuerdo flashes con mucho detalle y olvido otros momentos. Cuando era niño tenía muchos más flashes, incluso los controlaba. Con la edad fui perdiendo facultades. Repaso todos los acontecimientos desde que llegué, una y otra vez. Cada día caigo en la cuenta de algún nuevo detalle o interacción gracias a este don. Al principio no le daba importancia. No soy supersticioso, ni creo en poderes sobrenaturales, eso nos decimos todos hasta que nos pasa alguna cosa extraña que nos hace cuestionarnos el mundo.

Pensé que mucha gente pagaba con la app del móvil y en un país tan avanzado, de cultura diferente, se debía estar desusando el papel moneda, nada más lejos de la realidad, les encanta el papel.  Podía ser un tema de cambio de efectivo,  cien yenes para pagar pan o café podía ser excesivo, nuevamente erraba. Incluso llegué a achacarlo a desconfianza por ser un gaijin pero no, la realidad es que no consigo desprenderme de este maldito billete.

El primer rechazo que recuerdo fue el día de la entrevista final, en la cafetería del parque, la señora del self-service me miró con grandes ojos sorprendidos. Sin mediar palabra, me rogaba a través  de su mirada, otro método de pago. Pedí disculpas y estrené el contactless del móvil, en España aun no había visto este dispositivo. Me resultó algo embarazoso  que alguien tan dado a la tecnología como yo, quisiera pagar en efectivo en la sede de SEGA. Observé a mis futuros compañeros, trajeados en su ordenado paso, los cuales iban pasando su móvil de manera silenciosa y rutinaria al pasar por el torno de caja.

En las semanas sucesivas se repitió el acontecimiento en varios negocios, simplemente me parecía curioso. El más significativo fue sin duda en un restaurante. Aquella noche necesitaba despejarme, llevaba una semana viviendo a contrarreloj para cumplir los plazos de entrega del proyecto. Había trabajado casi doce horas diarias y  al acabar, decidí no hacer el mismo recorrido a casa. Ni tomar el tren siquiera, que en dos paradas me dejaba justo en la puerta.

Si iba a cenar con Haruo y los chicos, acabaría hablando de trabajo y realmente ese día necesitaba desconectar. Era sábado y mañana no debía trabajar.  Salí del parque  y empecé a caminar sin pensar en mi rumbo. Al cabo de una hora paré a tomar un ramen caliente, que se convirtió en una sucesión de exquisitos platos típicos  y  varias  botellas de saque. Las cuales acabé vaso a vaso, mano a mano, mientras veía videos y fotos en Instagram de mis amigos en España. Les envié comentarios nostálgicos, me contestaban  con cariño y deseos de mi pronto regreso.  Aunque estaban seguros de que en Japón, se estaba de maravilla y no querría volver. Muchos eran colegas de profesión y habrían dado lo que fuera por estar en mi lugar.

Twitter 31 de marzo 2014 22:30 En cuanto acabe el proyecto, fiesta por el centro de Bilbao, os echo de menos. (12 retuits, 40 likes)

Era bien entrada la noche y los ocupantes de las otras mesas del restaurante parecían llevar el mismo nivel de alcohol en sangre que yo. Era hora de volver a casa.  Me dispuse a pagar el camarero tomó mi billete y me trajo el cambio, decidí dejarlo en la mesa por el buen trato y la buena cocina. No era mucho y me había dado un festín. Mientras me ponía el abrigo un señor mayor, acompañado del camarero que balbuceaba un poco de ingles se disculpaba por haber aceptado ese pago. “No cien yenes, por favor” me rogaba acercándome el billete con el que había pagado.  Sin parar de inclinarse una y otra vez me instaban en tomar mi dinero de vuelta.  No se si fue por el saque o porque el resto de la sala me miraba, realmente no se que pensé. Cogí el billete y me marché.  Sin pagar.

Twitter @AAndres 1 de abril 00:10 : Japón es un curioso lugar para vivir. Si te atreves a intentarlo.  (4 Retweets, 32 likes)

A la mañana siguiente me desperté sobresaltado con una pesadilla horrible acerca de dinero, deudas y persecuciones, la cual no logro recordar ahora, pero que en esos instantes era muy real. No recordaba como había vuelto a casa. La cabeza me daba vueltas. Y la sensación de goma de zapato mezclada con zumo de pera caliente de mi boca me recordaba a las fiestas universitarias.   Mi ultima imagen de esa noche, era mi marcha airada y sin pagar del restaurante. Tenía que ir a pagar esa cena, me dije. Tras una larga ducha revitalizadora, me vestí y dispuse a salir a presentar mis disculpas.

Debía ser cerca del medio día, el  camino al metro estaba desierto, la zona industrial no es muy visitada los domingos. Los alrededores de ciudad dormitorio a las fábricas y el parque apenas tenían actividad ese día de la semana. Muchos debían estar disfrutando de un buen sueño o descanso, cosa que debía estar haciendo yo, sino fuera por la pesadilla que despertó mis remordimientos y a mí. Justo antes de girar hacia la calle sentí un tremendo golpe en la cabeza.  Oscuridad.

Abrí los ojos y allí estaba Haruo con rostro preocupado pero sonriente.

—Bienvenido a la realidad, ya les dije a los doctores que solo era una gran resaca. – Me dijo poniendo una mano en mi hombro.

Intenté incorporarme pero la blanca habitación se giró de repente.

—Tranquilo, ha sufrido una fuerte conmoción, no haga movimientos bruscos- decía el doctor mientras me recostaba con sumo cuidado. Hizo una señal a Haruo antes de salir de la habitación.

—Estas en una clínica de la compañía Andrés, te asaltaron ayer en la mañana, cerca de casa. Has estado inconsciente desde entonces. Tienes una conmoción y tres puntos de sutura. Al final tendrás una cicatriz nipona como souvenir. El doctor debía avisar a la policía cuando despertases. Te traje tu portátil por si necesitabas comunicarte con tu familia –.  La voz templada de Haruo consiguió su propósito tranquilizador.

Twitter @AAndres 2 de abril 2014: Todo bien, solo fue un susto, una leve contusión, en unas horas me dan el alta.  (16 retweets, 36 likes).

Un rato mas tarde, entraron dos agentes uniformados. Uno alto y serio, el otro escuálido  y nervioso que no dejaba de mirarme de reojo e inclinarse de modo servicial. En sus labios leí silenciosamente “hello” en repetidas ocasiones. El alto, que parecía estar al mando, explicó durante largo rato a Haruo lo ocurrido y le mostraba un informe. Le pedía que me hiciera preguntas y nos tradujera.

Tal y como suponía no fui de mucha ayuda, no había visto a mi agresor. En mis pertenencias solo parecía faltar la cartera y el móvil, me hicieron inventariar el contenido de la cartera: varios billetes, dos tarjetas bancarias, documentación de identidad y conducción y algunas monedas en euros y yenes.

Repetí  varias veces mi declaración  y Haruo me tradujo todas y cada una de ellas, que no tenia enemigos y no había notado que me siguieran días anteriores.  Lo único curioso acerca de mí que pude explicar, fue la anécdota del restaurante y mi ida sin hacer el pago, suavizaron mi conciencia diciendo que no es un motivo de represalia y que el restaurante no había presentado ninguna denuncia. Aun así  pedí a Haruo que llamara al restaurante y explicara que iría  pagar la cuenta pendiente en cuanto me fuese posible. Mi amigo, al verme nervioso con el tema, se ofreció y esa misma tarde fue a saldar la cuenta por mí.

A la mañana siguiente, justo cuando el doctor me había dicho que podía marcharme a casa. Llegó el agente escuálido y aún más nervioso. Esta vez vino solo, primero se inclinó ante Haruo después ante mí y me ofreció mi cartera:

–  Aparecido en papelera. No móvil, lo siento – dijo con discurso ensayado, en un inglés más que correcto. Seguía inclinado ofreciéndome la cartera sin recuperar su postura, el sudor perlaba su frente y respiró aliviado al ver que yo la aceptaba. Se irguió y apresuró a la puerta – Tiene documentos solo  y un billete de 100 yenes.

Ya desde fuera de la habitación asomó la cabeza arrepentido:

—Usted debe dar ese billete a alguien rápido o cosas malas seguirán a usted por siempre, no destruir, recuerde , es importante solo puede dar y cuando decida cómo deshacerse de él no lo diga ni piense cerca del billete, el escucha sus ideas. Es muy listo -. Cerró rápidamente la puerta. Dejándonos boquiabiertos.

En mi cartera estaban todos mis documentos y tarjetas efectivamente, pero ni rastro de las monedas ni los otros billetes. Efectivamente allí estaba,  los 100 yenes que todo el mundo parecía rechazar. Hasta los ladrones.  El policía había hecho mención explícita a este billete. Lo abrí y desplegué. Me dije a mi mismo podría no ser el mismo, pero tenía grabado en mi lóbulo temporal el número de serie, 949494.

—Haruo ¿Qué demonios le pasa a los billetes de 100 yenes? – Rogué a mi amigo por una explicación razonable.

Este observó el billete con atención y suspiró negando con la cabeza. Me explicó que su país es muy supersticioso, tiene ciertas creencias y tradiciones poco científicas. Que poco a poco están desapareciendo entre la gente joven, pero que bastantes personas aun creen en ellas.  Una de ellas es la aprensión al número cuatro  debido a que en japonés se pronuncia igual que la palabra “muerte”, una coincidencia fonética.  Es por ello que algunos edificios pasan del piso tres al piso tres B y luego al piso cinco.

Mi edificio era justo así y yo vivía en la planta 3B. Pero pensé que era un error o guiño y que yo no entendía, eso del 3B.

Haruo seguía explicando mientras yo lo miraba incrédulo, atónito y sin poder decir ni mu. Otra tradición era la del numero nueve que en japonés tiene un sonido  parecido a la palabra “dolor”. Por ejemplo los hospitales no tienen planta nueve o puertas nueve en sus pasillos, para evitar que haya  enfermos que se sugestionen.

Me asomé a la ventana y esperaba estar en la planta ocho B. Pero estábamos solo en la segunda planta. Debo decir que sentí  alivio al descubrirlo aunque repito, no me consideraba supersticioso.

—Este billete en cuestión tiene un desafortunado numero de serie. – Dijo sonriendo al verme mirar por la ventana – No es que todo el mundo vaya mirando los números de serie de los billetes que coge o pasan por sus manos. Pero este es especialmente llamativo, al ser de gran importe y tener ese numero de cifras repetitivas 949494. No todo el mundo cree en esos cuentos antiguos Andrés. Dicen que los demonios traviesos, Tsukumogami, se esconden en objetos malditos de más de cien años y hacen travesuras macabras a sus propietarios. Tranquilo, tu billete no tiene cien años, son solo leyendas. Si te vas a sentir mejor dáselo a alguien necesitado harás una buena obra y acabarás con la superstición.

Cuatro cuatros y cuatro nueves intercalados.  ¡Mi maldito billete se llamaba dolor muerte dolor muerte dolor muerte dolor muerte! No me lo podía creer. No me lo quería creer. Y el policía pensaba que mi estancia en el hospital fue causada por su maleficio.

Esa noche ya en casa. Puse la cartera en la entrada no quería ni verla. Sushi a domicilio, una película  e intentar dormir era lo más  razonable. A la mañana siguiente quería ir a trabajar.  Ya apenas quedaban unos días para el cierre de proyecto y tenía que ajustar protocolos de seguridad y subrutinas de la nueva  atracción.  El diseño de Haruo estaba terminado, los equipos de mecánica e hidráulica tenían lista su parte y yo iba retrasado, necesitaba acabar dos bloques de códigos más. A duras penas conseguí conciliar el sueño y me despertaba con sudores fríos y sobresaltado. Anhelando el sonido del despertador.

A las cinco acabe levantándome a buscar información sobre esas leyendas. Nada encajaba con mi caso. Ni el objeto tenía cien años (tsukumogami), ni me había visitado una enfermera que tapaba su desfigurado rostro (kuchisake-Onna), los lavabos públicos femeninos no pensaba frecuentarlos (aka manto), los esqueletos gigantes no perturbaban mis sueños (gashadokuro) gracias a Dios y ninguna araña gigante vestida de mujer me había seducido a su tela (Joro-gumo), entre otros. Tengo que reconocer que al descubrir que no había una leyenda para gaijins incautos que mueren a causa de billetes demonizamos me relajé bastante.

Llame a un taxi, no quería llegar tarde ni recorrer el camino al parque andando. Aun me mareaba un poco si hacia esfuerzos o movimientos bruscos. Ya en el taxi llovía y hacia mucho frío para ser abril. Mientras el semáforo del cruce principal estaba en rojo, vi un mendigo en la esquina, resguardado de la lluvia y medio dormido. Fue entonces cuando se me ocurrió. Reviví el consejo de Haruo:  “ dáselo a alguien que lo necesite y harás una buena obra y  acabarás con la superstición”.

Pedí al taxista que me esperara un segundo. Salí del taxi corriendo y deposité el billete en la lata para limosna que tenía el mendigo. El cual, apenas se había movido ni notado mi presencia.

Al regresar al taxi y este reemprender la marcha y dejando atrás los claxon  de las  prisas de otros vehículos tras nuestra parada, me sentí mas liviano. La carga estaba desapareciendo por completo. Me sentía mas lucido y vigorizado.

Conforme avanzaba el día mas eufórico estaba. El código salía de mi mente y se plasmaba en el ordenador a través de mis dedos, fluía. Había pasado la tarde cada vez más concentrado, hacía tiempo que no me sentía tan eficiente y creativo,  el avance en el proyecto era notable. A las siete de la tarde pulsé el ultimo intro. Estaba terminado. Repasé el código varias veces, ejecuté varios scripts.  Si todo iba bien en post producción y no había errores, podríamos cerrar mi parte del proyecto. Una hora más tarde, envié el ultimo bloque de código como definitivo a post producción. El jefe de proyecto me felicitó.

Era el momento de celebrarlo. Fui con Haruo y los chicos al bar, cenamos y bebimos sake bromeando sobre anécdotas que habían pasado en el proyecto. Incluso les expliqué mis obsesiones con el billete y como me había deshecho del  mismo, esa mañana. Reímos juntos y todo parecía una broma pesada.  Haruo me picaba diciendo que yo había ido a la ventana a contar los pisos de la clínica y que había creído al teatral policía que me dijo “deshazte cuanto antes de el…”. Incluso imitamos al policía detrás de una columna con su advertencia para las risas de nuestros compañeros.  En esos momentos recibimos la confirmación de todo el proyecto estaba completo y aceptado, por mail a unísono. Lo que nos llevó a otro brindis.

Twitter @AAndrés  3 de abril 2014: Fase final de programación del videojuego para SEGA en su parque Joypolis acabada!! Mañana seremos sujetos alfa en la nueva atracción!! (16 rettuits, 28 likes)

Haruo se aseguró de que pudiera tomar un taxi, el sake me había vuelto afectar demasiado. Pero con los duros días que había pasado merecía una tregua. Volver solo caminando no me apetecía lo más mínimo.

Me adormilé por unos minutos con el calor de la calefacción, la luz intermitente de las  sirenas  me reavivó. Estábamos parados en un semáforo. Fuera hacía frío, la lluvia hacia horas que había dado paso a una nevada. Tuve que limpiar el vaho del cristal con la manga del abrigo, para poder ver. La esquina del mendigo estaba rodeada por dos ambulancias. No, no puede ser verdad, me decía al disparase mi corazón. Salí corriendo del taxi. Esta dio un leve volantazo para apartarse en el borde de la calzada. Le habían recostado en la camilla y estaban cubriendo su rostro. Su gris y larga barba estaba helada, debía llevar horas en la nieve.

Yo estaba paralizado, le entregué mi billete a ese inocente. Eso le había causado la muerte. Seguro era la maldicion, mi maldicion. ¿Cómo había pasado de ser un ser equilibrado y racional a esto en dos segundos? Era como tener dos voces en mi cabeza. No digas locuras Andrés no puedes creer en eso, decía la primera. Sino creías por qué te deshiciste del billete dándoselo a ese pobre hombre, me instigaba la segunda.

El taxista me llamaba insistente, me agarró por la manga. Me solté de un tirón. El siguiente grito y su marcha dejó claro que había desistido de esperarme con ese frío y de cobrar la carrera.

Me tambalee hasta la pared, uno de los enfermeros vino a ver si estaba bien. Al verme llorar y con la mirada vacía debió entender que quería estar solo. El olor a sake debió hacerle entender el resto. Subió a la ambulancia y me quede bajo la farola y con el  peso de la culpa sobre mí,  en la misma esquina donde me había sentido libre y liviano ese mismo día.

Me invadió una corriente de ira. ¿Por qué estaba pasando esto? ¿Qué diablo era el responsable?  Grité al eco de la desierta avenida.

Patee y golpeé  los cartones que formaban el refugio del mendigo, los lance tan lejos como pude. La lata de la limosna salió rodando hasta mis pies. Al parar contra mi zapato un papel asomó por el borde. El viento lo llevó un palmo más allá sobre la nieve y a los pies iluminados de la farola. Allí estaba el malnacido billete con su reluciente número rojo 94949494. Cerré los ojos que me ardían e iba a echar a correr, cuando de nuevo aparecieron esas dos voces en mi cabeza.

Márchate, esto no es real. Estas borracho y mañana tienes una prueba muy importante, la más importante, decía una de las voces. Lo podría encontrar un niño, no debes  causar más daño, me suplicaba la otra.

Al llegar a casa puse la tetera. Cuando era niño, mi abuela me decía que las bebidas calientes sanan y ayudan a resolver los problemas. Yo tenía uno, uno muy grande al parecer. Me senté en la sala y tomé varios sorbos. Había metido en billete en una bolsa, esta bolsa la había metido en una caja y encerrado en el baño, enterrada bajo toallas en la bañera rebosante de agua. Había leído que los demonios no escuchaban bajo el agua. Si era capaz de oír mis pensamientos incluso así, estaría perdido.

No podía destruirlo dijo el policía. Debía darlo antes que pasaran más desgracias a mi alrededor. Dos horas y una tetera más tarde, tenía un plan y un billete de vuelta a casa recién comprado. Mi trabajo en el proyecto había terminado. Iría al parque a primera hora, presentaría mi dimisión, daría las gracias y volvería a casa a cambiar el maldito billete en la maquina aeropuerto de Tokyo y tomaría el avión,  no podría seguirme a España. No iba a dárselo a ningún inocente. Estaba cumpliendo las reglas que marcó el policía, no lo iba a destruir. Funcionará. Debía funcionar. Ojalá funcionase.

Estaba amaneciendo y la segunda tetera estaba fría. Cogí mi maleta, la documentación,  el billete bajo las toallas y repitiendo el código del programa una y otra vez en mi cabeza para no pensar en el plan y que el demonio del billete no me escuchase. Dejé mis cosas en la taquilla. El billete incluido.

Una vez en la planta seis, administración y dirección, entregué mi dimisión alegando una repentina enfermedad familiar . La secretaria llamó al jefe de proyecto que vino de inmediato pues estos meses nos habían unido a todos.  Me pidió,  me rogó, que fuera  a la prueba de la atracción que comenzaba en quince minutos. Intenté explicarle que no podía perder el vuelo, que necesitaba ir con tiempo.

Haruo se había enterado, habría preferido no verlo, la despedida sería dura y el me haría flaquear. El había subido corriendo, ambos me rogaron que asistiera, que sin mi esté proyecto no habría sido posible, el mismo Haruo se ofreció a llevarme al aeropuerto después. No tuve más remedio que acceder. El sabía que mentía pero no diría nada hasta estar a solas. Lo leí en sus ojos.

Estaba apunto de empezar la prueba frente a la prensa. Sería solo media hora más. Ambos se alegraron mucho cuando asentí y tiraron de mí hacia el parque.

—Por favor despídase de mi parte con la reclutadora, Midori, dele las gracias por esta gran oportunidad – pedí a la secretaria gritando mientras me arrastraban y subían al ascensor. Íbamos a llegar tarde.

—¡No tenemos reclutadora! ¿A quién se refiere señor Andrés? – la puerta del ascensor se cerró.

Me giré al jefe de proyecto.

—Usted la conoce ¿verdad? Le hablo de mí y presentó la candidatura para la última entrevista – le dije mientras bajábamos a la zona de pruebas.

—No se de qué habla Andrés, usted fue una sorpresa, trajo su curriculum en el último momento, con el pendrive de las pruebas y eran brillantes, tuvimos dudas pero me alegro de mi elección.

El ascensor giró para mí , como la mañana del sake o la habitación de la clínica, trastocando mi mundo y mi serenidad. Mi plan parecía haberse quedado lejos, ahora era confuso y nada tenía sentido.

Es 4 de abril de 2014 y estoy montado en la nueva atracción del parque SEGA que ha sido creada, gracias en gran parte a mi  trabajo. El acontecimiento está siendo grabado por numerosas cadenas nacionales e internacionales. Hay una placa de cobre grabada con mi nombre al lado de grandísimos profesionales  ¿Soy feliz acaso por mi éxito? No, estoy obsesionado con un puto billete de cien yenes.

Miro abajo al público  hay cientos de personas. Y en la segunda fila, sonriéndome, está ella. Solo me mira a mí . Su mirada es codiciosa y atrevida nada que ver con el papel que interpretó en mi reclutamiento. Midori. Intento soltarme del arnés de seguridad. Y entonces mi memoria me da un flash. Ella me invitó a ese primer café. Debía irse y me dejó el billete en la mesa. El billete de cien yenes, el billete 94949494. Se disculpó, pero tenía una reunión importante ya nos veremos. Mucha suerte, me dijo. Y fue la última vez que la vi, hasta hoy.

La atracción se pone en marcha. No puedo dejar de mirarla. Estoy aterrado. Me dice adiós con la mano. De pronto su rostro se rasga, su ropa y piel parece abrirse como una crisálida, del interior salen unas negras extremidades articuladas. Veo muchos ojos negros. Me alejo poco a poco por el rail pues el eje tractor ha cogido los vagones y los sube hasta la gran primera banda que da la velocidad a la atracción.  Se ha deshecho completamente  de su disfraz femenino y nadie parece verla. Entro en pánico. La enorme araña trepa por los railes. Viene a por mí y me tiene atrapado en metálica tela. Estamos en la parte más alta de la atracción y el remolque está apunto de soltarnos en el entramado de red y vías. Abajo, ella me espera.

 

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